HOW TO LEAVE TIBET?! - TIBETAN TRADITIONS SHOW
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HOW TO LEAVE TIBET?! - TIBETAN TRADITIONS SHOW

Creado el 3 de septiembre de 2019Actualizado el 22 de octubre de 20267 min readParen al mundo que me subo

Logistical difficulties of leaving Tibet for Beijing or Kathmandu, exploring various transport options and local agencies.

Cómo salir del Tíbet cuando no hay billetes: nuestra despedida de Lhasa


En este artículo encontrarás…

  1. El problema: no tenemos billetes para salir del Tíbet
  2. Una agencia junto al Potala nos da una solución
  3. La despedida de Tsua y Dundrup
  4. Una noche de música y bailes tradicionales tibetanos
  5. El último paseo por Lhasa
  6. De Lhasa a Pekín
  7. Nuestra impresión de la despedida del Tíbet


1. El problema: ¡¿cómo salir del Tíbet?!


Como nos sucedió a la venida, cuando descubrimos que no teníamos los billetes de tren Pekín-Lhasa, nuevamente la agencia nos sorprendió con que no disponíamos de medios para salir del Tíbet, ni en tren ni en avión. Esto lo comunicaron a última hora.


¡¿Y ahora cómo saldríamos del Tíbet?!


Fuimos a las oficinas de Air China, pero allí tampoco había plazas disponibles. 


La incertidumbre empezaba a apoderarse de nosotros: teníamos una fecha límite para estar en Pekín, el día 27, y no podíamos permitirnos quedarnos bloqueados en Lhasa.


Nos refugiamos en un cibercafé y empezamos a consultar buscadores de vuelos. Los vuelos de Lhasa a Pekín o a Katmandú superaban los 400 euros. Lo dejamos como último recurso.

Siguiente opción: ir a una AGENCIA ubicada cerca del Potala. 

Nos atendió una gerente muy simpática a la que explicamos que necesitábamos llegar a Pekín en dos días, antes del día 27.


Escuchó nuestras explicaciones y nos dijo que intentaría conseguir una solución. Nos citó de nuevo a la tarde y, mientras tanto, dejamos nuestros pasaportes para que pudiera hacer las gestiones necesarias.


Fuimos a comer y regresamos a la hora acordada.


Para el día siguiente no quedaban plazas. La noticia nos sobrecogió. ¡Pero sí había posibilidad de volar el 26 de agosto con China Southern Airlines! Uf


Todavía tuvimos que esperar una hora mientras terminaba de tramitar los billetes. Finalmente, conseguimos los pasajes por 2.850 yuanes por persona, unos 300 euros al cambio que manejábamos entonces.


No era precisamente barato, pero en aquellas circunstancias lo importante era poder salir del Tíbet y llegar a tiempo a Pekín.


3. La despedida de Tsua y Dundrup


Aunque la agencia no había conseguido los billetes de tren ni de llegada ni de vuelta, nuestra relación con ellos había sido estupenda. Durante el viaje se habían mostrado atentos y amables, y la experiencia compartida había sido fantástica.


Gracias a Tsua tuvimos otras ventajas como poder interactuar con los nómadas, asistir al festival de Gyantze o visitar centros alternativos tanto en Lhasa como en otras ciudades.


Para despedirnos, quedamos con ellos con Tsua y Dundrup, su jefe, en el restaurante Snowland, para invitarlos a cenar. Vinieron acompañados de sus esposas.


Se disculparon por no haber podido resolver el asunto del tren. Nos explicaron que habían hecho todo lo posible, pero que eran una agencia pequeña y tenían menos capacidad de gestión que otras empresas de mayor tamaño.


Entendimos sus explicaciones. Sabíamos que el viaje a Tíbet podía conllevar esos contratiempos.


Al final, un viaje también se construye con las personas que encontramos por el camino. Y Tsua y Dundrup habían contribuido a que nuestra experiencia por el Tíbet fuera mucho más que una sucesión de visitas.


Asi se demostró con la magnífica sorpresa que nos tenían preparada para después de cenar…


4. Una noche de música y bailes tradicionales tibetanos


Nuestros anfitriones nos propusieron ir a un local de fiestas tibetano.


Aquella sorpresa resultó ser una de las mejores formas de despedirnos del país.


Entramos en una amplia sala donde se distribuían grupos de mesas bajas, taburetes y sofás. En el centro había un escenario y, como telón de fondo, una gran imagen del Potala.



No era el típico espectáculo turístico. De hecho, los únicos extranjeros que había éramos nosotros. Al menos, así lo vivimos nosotros: el ambiente parecía formar parte de una celebración en la que la música, los bailes y los trajes tradicionales tenían un lugar protagonista.


Sobre el escenario se sucedían las danzas folclóricas, con sus vistosos atuendos y movimientos característicos.


Los artistas interpretaban una actuación tras otra, mientras el público seguía el espectáculo desde las mesas.






Poco a poco entendimos que aquello era también una forma de mantener vivas las tradiciones. En un territorio donde la cultura tibetana ha atravesado momentos muy difíciles, conservar la música, los bailes y las vestimentas tradicionales tiene un valor que va más allá del entretenimiento.


Las cervezas Lhasa iban cayendo y el ambiente era cada vez más animado. Los asistentes llevaban una alegría contagiosa, pero todo transcurría con una cordialidad que nos hizo sentir muy a gusto.



El público también participaba. Algunos parroquianos subían espontáneamente al escenario para bailar, mientras otros se acercaban a los artistas para ofrecerles khatas, las tradicionales bufandas ceremoniales tibetanas que expresan respeto, buenos deseos y agradecimiento.




El espectáculo parecía no tener fin. Una actuación daba paso a otra, entre bailes, música y aplausos. Nosotros, encantados con la experiencia, nos dejamos llevar por aquella noche tan diferente.


¡Qué mejor despedida del Tíbet!


A las cinco de la madrugada decidimos retirarnos. Tomamos un taxi de vuelta al hotel, con la sensación de haber vivido una de esas experiencias inesperadas que terminan convirtiéndose en algunos de los mejores recuerdos de un viaje.


5. El último paseo por Lhasa


Dedicamos el último día completo a despedirnos de los lugares que habían marcado nuestra estancia en la capital tibetana.


Volvimos a pasear por el Barkhor, con su constante ir y venir de peregrinos, sus puestos y sus callejuelas. Regresamos también a los alrededores del Jokhang, corazón espiritual de la ciudad, y contemplamos una vez más el Potala, el gran palacio que domina Lhasa desde lo alto de la Colina Roja.


Aquellas calles ya nos resultaban familiares. 


Era hora de hacer las últimas compras, disfrutar de los últimos paseos y guardar en la memoria las imágenes de una ciudad que nos había sorprendido por su mezcla de espiritualidad, historia y vida cotidiana.


También quedaba atrás la emoción de las primeras visitas, la altura, las largas excursiones y las conversaciones con nuestros guías y las gentes que fuimos conociendo. El viaje estaba llegando a su fin, aunque todavía nos esperaba una última jornada de carretera y avión.


6. De Lhasa a Pekín: por fin, rumbo al aeropuerto


26 de agosto. A las ocho de la mañana, Tsua pasó a recogernos para llevarnos al aeropuerto de Lhasa Gonggar.


Nos esperaba un trayecto de unos 66 kilómetros por una buena carretera de varios carriles.


Nos llamó la atención aquella gran infraestructura viaria, que facilitaba el acceso al aeropuerto y contrastaba con la dureza de muchos de los caminos que habíamos conocido en las zonas rurales del Tíbet.




El aeropuerto de Gonggar se encuentra al sur de Lhasa, junto al río Yarlung Tsangpo. L


La distancia desde la ciudad y la altitud del aeropuerto hacen aconsejable calcular con margen el tiempo necesario para llegar y completar los trámites de salida.


aeropuerto de Lhasa


Finalmente, a las diez y cuarenta y cinco de la mañana despegamos en un avión de China Southern Airlines con destino a Pekín.


Después de la incertidumbre de los últimos días, por fin estábamos en el aire y camino de la capital china, donde debíamos continuar nuestro viaje.


Dejábamos atrás el Tíbet, sus montañas inmensas, los monasterios, las banderas de oración, las largas carreteras y las personas que nos habían acompañado en aquella aventura.



7. Nuestra impresión de la despedida del Tíbet


El final de nuestro viaje tuvo un poco de todo: incertidumbre, nervios, una búsqueda desesperada de billetes y, finalmente, una solución que nos permitió salir de Lhasa a tiempo. No fue el regreso tranquilo que habíamos imaginado, pero sí una experiencia que nos recordó que viajar también significa saber reaccionar cuando los planes se tuercen.


Nos llevamos un buen recuerdo de Tsua y Dundrup, de su atención durante el recorrido y de aquella cena de despedida que terminó convirtiéndose en una noche inolvidable de música y bailes tibetanos. Aquel local, lleno de gente del país y con el Potala presidiendo el escenario, fue mucho más que una última fiesta: nos permitió despedirnos de una cultura que habíamos intentado conocer de cerca durante todo el viaje.


El Tíbet nos había regalado paisajes extraordinarios, monasterios que parecían suspendidos entre el cielo y la tierra, peregrinos incansables y encuentros que permanecerían en nuestra memoria mucho después de regresar a casa.


Nos marchábamos con la satisfacción de haber vivido una aventura intensa, con la sensación de que todavía quedaban muchos lugares por descubrir y con una última lección aprendida: en los viajes, no siempre sale todo como estaba previsto, pero a veces los imprevistos también forman parte de la historia que merece la pena contar.


Y una vez más… ¡paren el mundo, que me subo!

#tibet#asia#aventura#tren#cultura#lhasa#logistica
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