GANDEN-SAMYE TREK (TIBET)-4 days through the Tibetan mountains at over 4000m
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GANDEN-SAMYE TREK (TIBET)-4 days through the Tibetan mountains at over 4000m

Creado el 21 de octubre de 2026Actualizado el 22 de octubre de 202619 min readParen al mundo que me subo

Trekking de Ganden a Samye: cuatro días por las montañas sagradas del Tíbet


El recorrido conectaba dos lugares esenciales para comprender la historia del budismo tibetano: 

  • el monasterio de Ganden, uno de los grandes centros de la escuela gelugpa, 
  • el monasterio de Samye, considerado tradicionalmente el primer monasterio budista del Tíbet.

A ambos se accede fácilmente por carretera. Pero nosotros lo hicimos de una manera mucho más especial. Salvamos los 80km de distancia que hay entre ellos con una ruta a pie excepcional.


Durante tres días y medio caminamos por algunos de los paisajes más remotos del Tíbet, atravesando valles, ríos de montaña y praderas donde los pastores nómadas seguían viviendo al ritmo de sus rebaños. 


Cruzamos dos pasos de montaña que superaban los 5.000 metros de altitud. No era una travesía especialmente técnica, pero sí una aventura de altura. El reto de conseguirlo nos infló de un orgullo que aún perdura.


Dormimos en tiendas de campaña, compartimos el té de mantequilla con familias tibetanas. 


Los momentos que mejor recordamos no fueron únicamente los grandes paisajes o la satisfacción de alcanzar una cumbre, sino también las pequeñas escenas compartidas con quienes habitaban aquellas montañas.

Índice (dividido en tres entradas: Ganden-Treking-Samye)

  1. Información práctica del trekking de Ganden a Samye
  2. El monasterio de Ganden: punto de partida
  3. El valle de Hepu y el primer campamento
  4. Primer día de caminata: entre valles y pastores nómadas
  5. Los drokpas y la vida tradicional tibetana
  6. Segundo día: el paso de Shugu-La, a más de 5.200 metros
  7. Tercer día: el paso de Chidula y los lagos de montaña
  8. El descenso hacia Samye
  9. El monasterio de Samye: el origen del budismo tibetano
  10. Nuestra impresión del trekking de Ganden a Samye
  11. Consejos para organizar la ruta en la actualidad
1. Información práctica del trekking de Ganden a Samye
  • Lugar: Tíbet, región histórica de Ü-Tsang.
  • Inicio de nuestra caminata: aldea de Hepu, después de visitar Ganden.
  • Final del trekking: Nyango, en el valle de Yemalung.
  • Distancia recorrida a pie: aproximadamente 50 km.
  • Duración: tres días y medio.
  • Pasos de montaña: Shugu-La, a unos 5.237 m, y Chidula, a unos 5.200 m.
  • Alojamiento: tiendas de campaña.
  • Transporte de equipaje: yaks.
  • Alimentación: cocina de campaña, preparada por nuestro cocinero.
  • Dificultad: alta por la altitud, la duración y las condiciones de una travesía remota.

La ruta que hicimos no comenzó exactamente en el monasterio de Ganden. Tras visitar el recinto, descendimos hasta Ganden pueblo y continuamos en vehículo hasta el valle de Hepu, donde iniciamos la caminata.


Tampoco recorrimos a pie el tramo final entre Nyango y Samye: lo hicimos en una camioneta todoterreno. Por eso, el trekking sumó unos 50 kilómetros. El itinerario completo habría alcanzado aproximadamente los 75 km si hubiéramos añadido los tramos que cubrimos en vehículo.

2. El monasterio de Ganden: punto de partida


Comenzamos los preparativos para el trekking en Lhasa. 


Aparecieron Tsua y Dhondep, nuestros acompañantes tibetanos, junto con Ningma, que sería el cocinero de la expedición. 


Traían las tiendas, las colchonetas y las provisiones necesarias para pasar varios días en las montañas.


A las once de la mañana partimos hacia el monasterio de Ganden, situado al este de Lhasa, a unos 50 kilómetros por carretera. 



Visitamos el precioso conjunto monástico, descrito en el capítulo anterior, y comimos en su posada.


3. El valle de Hepu y el primer campamento


Después de comer descendimos de nuevo a Ganden pueblo y continuamos en la furgoneta hacia el valle de Hepu, donde comenzaríamos la caminata.


La carretera dio paso a una pista de tierra que atravesaba pequeñas aldeas tradicionales. El paisaje se volvía cada vez más rural, con casas dispersas, campos y montañas que cerraban el horizonte.


Hepu era una pequeña aldea tibetana situada a unos 4.200 metros de altitud, formada por una treintena de viviendas junto al río.




Acampamos a las afueras. Para los cinco integrantes de nuestro grupo había tres tiendas dobles; nuestros guías disponían de otras dos y una carpa adicional servía de cocina, comedor y lugar de reunión.



Apenas empezamos a instalar el campamento aparecieron los chavales del pueblo. Llegaron curiosos, sonrientes.




Después de montar las tiendas salimos a pasear por la aldea. Los pequeños nos siguieron en grupo.


La vida allí era austera y exigente. Las familias se dedicaban a la agricultura y a la ganadería, y algunos habitantes obtenían ingresos adicionales trabajando como porteadores o poniendo sus yaks al servicio de las expediciones que atravesaban la región.


Los saludos de tashi delek se sucedían por todas partes.


En los dinteles de algunas casas colgaban calaveras de yak, vinculadas a creencias y tradiciones locales.


 También vimos un pequeño santuario relacionado con el yak blanco, figura protectora de la comunidad.



Los niños, mientras tanto, seguían jugando con nosotros. Les llamaba la atención el vello de nuestros brazos y se acercaban a tocarlo. ¡Para ellos éramos tan peludos como los yaks!


De vuelta al campamento, Ningma nos esperaba con té dulce y unas pastas. 


Las niñas habían recogido flores del prado y confeccionado pequeños ramos para regalárnoslos. Un detalle sencillo que convirtió aquella primera tarde en uno de los recuerdos más entrañables del viaje.





Al caer la tarde vimos regresar a los pastores desde las montañas con sus rebaños. 



Más tarde enseñamos a los chavales a jugar al Uno y compartimos una cena abundante: sopa de champiñones, arroz, yak con setas, ensalada de tomate y pepino, verduras y fruta.


Así comenzaba nuestra aventura. Con un campamento a más de 4.000 metros, un grupo de nuevos compañeros y la incertidumbre de lo que nos esperaba al día siguiente.


Observamos cómo los dentífricos y otros paquetes se inflaban, así supimos el efecto de la altura.


A ninguno nos estaba afectando. Como prevención, tomamos una ampolla de solomano, el remedio local para el mal de altura y, aparte, yo también tome durante tres días un paracetamol.


Nuestra experiencia no debe interpretarse como una recomendación médica. Ningún remedio tradicional sustituye a una aclimatación adecuada ni garantiza que no aparezca el mal de altura. Lo prudente es llegar progresivamente, descansar al principio, evitar esfuerzos intensos y buscar asistencia médica si aparecen síntomas preocupantes.


4. Primer día de caminata: entre valles y pastores nómadas


Un ascenso tranquilo para aclimatarse


Este dia fue sencillo. 
Desde HEPU lo iniciamos a 11h, en ascenso por el magnífico valle donde fuimos convidados a pasar a las tiendas nómadas. A media altura de ese valle, a 15h acampamos. 
Ese día más era para ir aclimatándose bien. 
Ya nos pusimos a 4800m

Comenzamos la primera jornada a las once de la mañana, después de dar un nuevo paseo por la aldea y de desayunar tortitas, tortilla con queso, leche de yak, té, café y muesli.


Los yaks llegaron para transportar el equipaje. Los pastores cargaron las tiendas, las mochilas y las provisiones en grandes sacos de rafia, que sujetaron firmemente a ambos lados de los animales mediante cuerdas.


Cada yak tenía su propio carácter: uno era obstinado, otro tranquilo; había animales de buen talante y otros con peor genio, alguno más gregario y otro que parecía preferir ir a su aire.




El yak 


Es fundamental para la vida en las grandes alturas. Su resistencia al frío, su pelaje espeso y su capacidad para desplazarse por terrenos difíciles lo convierten en un compañero indispensable para los pastores tibetanos. Proporciona carne, leche, pieles y pelo; incluso el estiércol puede utilizarse como combustible allí donde escasea la madera.


En realidad lo que más hay son DZO, el cruce de yak con vaca.



Una vez cargados los animales, iniciamos la marcha por un valle verde y aislado. 


El sendero seguía el curso del riachuelo Tashi Chu, que tuvimos que cruzar varias veces por precarias pasarelas de palos y piedras. Los yaks, más prácticos, atravesaban directamente el cauce.


Avanzábamos en un ascenso continuo, pero suave, rodeados de praderas y montañas. Era un paisaje sobrecogedor.


El clima era excelente. No hacía frío. 8-10ºC. Solo lloviznó un poco por la noche.





Una invitación inesperada


Llegamos a Ani Pagong, donde se encontraba un campamento estacional de nómadas, los drokpas.


Gracias a la presencia de nuestro guía tibetano, nos invitaron a entrar en una de sus tiendas, llamadas dra.


Estas tiendas tradicionales, confeccionadas con pelo de yak, estaban adaptadas a la vida de las familias que se desplazaban con sus rebaños. Su interior era sencillo. En el centro había un hogar de obra donde cocinaban y calentaban el agua; a un lado se encontraban los colchones que servían de asiento y cama, y los pocos muebles se reducían prácticamente a una pequeña mesa.


Nos sentamos y nos ofrecieron té de mantequilla, el célebre bo cha, preparado mediante el batido del té con mantequilla y sal. También nos convidaron a queso.


La dieta tradicional de estas familias se basaba en productos que podían obtener de sus animales y del cultivo de la cebada: tsampa, té, mantequilla, queso y carne de yak.


La hospitalidad era extraordinaria y la comunicación, a pesar de las dificultades lingüísticas, resultaba sencilla.


Las mujeres y los niños participaban en tareas como el tejido y el trabajo de las pieles, mientras los hombres se ocupaban principalmente del ganado. La organización familiar, las costumbres matrimoniales y la distribución del espacio doméstico respondían a tradiciones propias de aquellas comunidades.


Nos despedimos agradecidos y continuamos valle arriba, pasando junto a otras tiendas, algunas protegidas por enormes perros de montaña. Entre ellos destacaba el mastín tibetano, un animal poderoso, de abundante pelaje y aspecto imponente.



bo cha-te de mantequilla

5. Los drokpas y la vida tradicional tibetana


El encuentro con las familias nómadas fue uno de los grandes atractivos de la travesía. Más allá de las montañas y los pasos de altura, permitió acercarnos a una cultura que durante siglos se ha adaptado a las condiciones extremas de la meseta tibetana.


Los drokpas han basado tradicionalmente buena parte de su economía en el pastoreo estacional. Los rebaños se desplazan en busca de pastos y las familias organizan su vida en función de los animales, el clima y las necesidades de cada temporada.


Las tiendas de pelo de yak, los utensilios para preparar la mantequilla, las prendas de abrigo y los animales de carga forman parte de ese modo de vida. Pero también incorporaban elementos modernos, como teléfonos móviles y pequeños paneles solares.


Una forma de vida en transformación

Durante el siglo XX, y especialmente en el periodo de la Revolución Cultural, las políticas de colectivización alteraron profundamente el sistema tradicional de pastoreo.

Con la Revolución Cultural los nómadas fueron colectivizados y obligados a asentarse.
En las décadas siguientes continuaron las políticas de sedentarización y traslado de población en diferentes zonas tibetanas. 

En 1981 se relajó algo la presión. Se permitió una vuelta al sistema tradicional, dividiéndose el ganado entre las familias. 

Hoy siguen teniendo muchas trabas. Se realizan campañas de traslado a unas poblaciones de casas nuevas y uniformes, alejadas de sus costumbres.



la tienda dra y las casas de reasentamiento

Avanzamos valle arriba, siguiendo el curso del riachuelo.


Un campamento a 4.800 metros


A mediodía detuvimos la marcha y montamos las tiendas en un paraje extraordinario, en mitad de una pradera a unos 4.800 metros de altitud.


El lugar, cuyo nombre anotamos como Palang Tsemme, o algo parecido, parecía sacado de un cuento.


Habíamos esperado una jornada más larga y exigente, por lo que nos quedamos con ganas de continuar. La explicación era sencilla: se trataba de facilitar la aclimatación antes de afrontar el paso de Shugu-La, previsto para el día siguiente.


Pasamos la tarde conversando con los pastores y sus familias, descansando y disfrutando del paisaje. Vinieron a visitarnos otros nómadas cercanos.


Los acompañantes sacaron su rapé y compartieron anécdotas mientras Ningma preparaba la cena.


El día había sido soleado, pero a las ocho de la tarde estalló una tormenta con relámpagos, truenos y una intensa lluvia. La sesión de chistes y risas que siguió compensó el mal tiempo.


La montaña ya nos había dado una primera lección: el paisaje podía parecer idílico, pero las condiciones cambiaban con rapidez.



6. Segundo día: el paso de Shugu-La, a más de 5.200 metros


Llegó la jornada que más respeto nos inspiraba. Después de desayunar y desmontar el campamento, partimos a las ocho y media de la mañana.


El sendero continuaba ascendiendo por el valle hasta alcanzar el collado de Yama Do. Allí hicimos una breve parada. Desde ese punto se divisaba una pendiente considerable y comenzaba el tramo más exigente del ascenso.



Los pastores eligieron para ese ascenso una línea más larga, pero con menos pedregal, para facilitar el paso de los yaks. Yo los seguí, mientras el resto del grupo avanzaba por la zona de piedras que permitía aprovechar los bloques como escalones.


El esfuerzo se hacía notar. Para mantener el ritmo, la mente buscaba cualquier recurso. 


Afronté los tramos con fuerte inclinación aplicándome las lecciones de todos esos maestros budistas:
<Todo es sufrimiento, pero se combate con tu yo interior… Todo es sufrimiento, pero se combate con  tu yo interior… Todo es… El camino óctuple o camino medio: entendimiento correcto, pensamiento correcto… entendimiento correcto, pensamiento correcto… Ommmm…>

¡Quizá sí que me estaba afectando el mal de altura!...

Lo cierto es que, pese al respeto que me imponía aquel ascenso, lo superé mejor de lo esperado.


Shugu-La: un collado de 5.237 metros

Finalmente alcanzé el paso de Shugu-La, situado a unos 5.237 metros.


Sentarse allí, rodeado de montañas y de banderas de oración, con el horizonte abierto en todas direcciones, fue uno de los momentos culminantes del trekking.


Poco a poco fueron llegando los demás. Habíamos superado una fuerte subida y nos encontrábamos por encima de los 5.000 metros. La satisfacción era enorme.


¡Ki ki so so, ja kialo!



Los caballos del viento

Habíamos comprado nuestros propios caballos del viento en la plaza del Barkhor, en Lhasa. 

En esas banderolas de oración escribimos los nombres de familiares y amigos, acompañados de nuestros mejores deseos. Las desplegamos en el collado y dejamos que el viento agitara las telas, llevando simbólicamente aquellas plegarias por las montañas.


Era una forma de compartir con quienes se habían quedado lejos un momento que para nosotros tenía un significado especial.





El descenso hacia el río Tsotup Chu


Tras la celebración comenzó un largo descenso por un paisaje sobrecogedor. 


La garganta del río Tsotup Chu discurría por debajo del sendero y, al fondo, aparecía el lago Palang Tsodu.


Vimos marmotas que desaparecían rápidamente en sus madrigueras. 


Al llegar al fondo del valle cruzamos el río saltando de piedra en piedra. Después atravesamos una zona llana de turberas y pequeñas charcas, avanzando en zigzag para evitar las zonas inundadas.


Tras unas siete horas y media de caminata, llegamos hacia las cuatro de la tarde al campamento de Palank Sodó, junto al vado del Tsotup Chu, a casi 5.000 metros.


No estábamos especialmente cansados, aunque cualquier esfuerzo adicional hacía evidente la falta de oxígeno. 


Ningma nos recibió con té masala y unas deliciosas patatas fritas caseras.


El lugar era magnífico: pequeñas pozas, montañas y un cielo de un azul intenso. Los pastores se entretenían tejiendo cuerdas mientras nosotros disfrutábamos de la tranquilidad del campamento.


La cena volvió a ser abundante, pero aquella noche hizo bastante frío y la lluvia regresó, como parecía haberse convertido en costumbre.









7. Tercer día: el paso de Chidula y los lagos de montaña


Partimos de nuevo a las ocho y media. esta vez nos esperaba el paso de Chidula, a unos 5.200 metros.


La subida inicial era relativamente suave y avanzaba por una pradera. Alcanzamos el collado de Chidula sin grandes dificultades y, una vez arriba, descubrimos una laguna de origen glaciar escondida entre las montañas.


Allí volvimos a colocar banderas de oración. 





Comenzamos entonces el descenso por una cuenca en la que aparecían otros dos lagos. El sendero continuaba hacia un valle cada vez más estrecho, con pendientes pronunciadas, pedregales y pequeños arroyos alimentados por el deshielo.


Por el camino nos cruzamos con otros pastores a caballo. 




También visitamos un nuevo campamento nómada, donde nos invitaron a entrar en una tienda y compartir té de mantequilla.


Dos niñas vestían jerséis iguales y nos recibieron con una simpatía que hacía difícil marcharse. 




A medida que avanzábamos, aparecían más tiendas y pequeños corrales con yaks y caballos.



Varias corrientes de agua nos obligaron a buscar pasos improvisados. Algunas pasarelas no eran más que unos pocos palos colocados sobre la corriente. 


Tras unas siete horas alcanzamos una nueva zona de acampada junto al río. Habíamos descendido hasta unos 4.100 metros.


La jornada nos había llevado desde las alturas de los collados hasta un entorno más verde, con agua por todas partes y señales cada vez más frecuentes de actividad ganadera.



8. El descenso hacia Samye


¡Imaginad la sensación de abrir la tienda y encontrarse un yak frente a la puerta! Así se inició ese nuevo día, el último del treking.



A las ocho comenzamos la última parte de la ruta, siguiendo el curso de un río que ya podía considerarse caudaloso. 


Sus rápidos, la vegetación más densa y el descenso de la altitud anunciaban que nos acercábamos a zonas habitadas.




Chatang y las nuevas aldeas


La primera aldea que encontramos desde que días atrás partimos de Hepu fue Chatang. 


Nos llamó la atención la mezcla de viviendas tradicionales tibetanas, construidas con piedra, y edificios uniformes de dos plantas, levantados según modelos más recientes.


En algunas zonas del Tíbet, las políticas de reasentamiento de las comunidades pastoriles han favorecido la construcción de nuevos núcleos residenciales. 


En Chatang, como ya había ocurrido en Hepu, los niños salieron a nuestro encuentro. Aquella curiosidad se había convertido casi en una constante del viaje.


Continuamos pasando por otras aldeas hasta llegar a Nyango, en el valle de Yemalung, a unos 16 kilómetros de Samye.


Allí terminó nuestra caminata. 


La última jornada había sido muy corta y nos quedamos con ganas de seguir andando. Después de varios días entre montañas, el cuerpo parecía haberse acostumbrado al ritmo de la travesía.


Nyango


La ermita de Yemalung y el camino a Samye


En Nyango se encuentra la ermita de Yemalung, vinculada a la tradición que sitúa allí prácticas de meditación de Guru Rinpoche, también conocido como Padmasambhava, una de las figuras fundamentales en la expansión del budismo tibetano.


Nos despedimos de nuestros pastores y de los yaks. 



Contratamos una camioneta todoterreno para recorrer los 16 kilómetros restantes hasta Samye.


La pista de tierra atravesaba varias aldeas y pasaba junto a Hepo Ri, una montaña sagrada que se alza sobre el entorno de Samye. Según las creencias locales que nos explicaron, los peregrinos subían hasta ella, colocaban la figura de una casita y pasaban una noche. Para que cuando se produjera su muerte su alma supiera el camino.


Llegamos a Samye hacia las once y media de la mañana. En el centro del pueblo se encontraba su célebre monasterio. Descrito en el siguiente capítulo.




10. Nuestra impresión del trekking de Ganden a Samye


El trekking de Ganden a Samye fue mucho más que una caminata entre dos monasterios. Durante tres días y medio atravesamos paisajes de una belleza extraordinaria, superamos dos pasos de montaña de más de 5.000 metros y descubrimos pequeñas comunidades donde la vida seguía estrechamente vinculada a los animales y al ritmo de las estaciones.


Antes de empezar, los 50 kilómetros y la altitud de los collados imponían respeto. Había una mezcla de ilusión y nerviosismo, de ganas de comenzar y de incertidumbre ante lo que nos esperaba.


Una vez terminada la travesía, comprobamos que habíamos superado el reto mejor de lo previsto. Incluso nos quedó la sensación de que habría merecido la pena completar también a pie el tramo entre Ganden y Hepu y el acceso final a Samye.


Pero esa valoración solo puede hacerse después, cuando el camino ya ha quedado atrás y uno sabe que todo ha salido bien.


Los collados fueron momentos inolvidables. Alcanzar Shugu-La, desplegar las banderas de oración y contemplar aquel horizonte inmenso nos produjo una satisfacción difícil de describir.


El paisaje parecía premiar cada paso de la subida.


Sin embargo, los recuerdos más cálidos están relacionados con las personas. Los niños de Hepu, las familias que nos invitaron a sus tiendas, los pastores que acompañaban a los yaks y la hospitalidad con la que compartieron su té y su comida hicieron que nos sintiéramos mucho más cerca de aquella tierra.


También fue una oportunidad para observar las transformaciones que atraviesan las comunidades tibetanas. Las tiendas tradicionales, las viviendas nuevas, los teléfonos móviles y los paneles solares convivían en un paisaje donde las costumbres ancestrales seguían presentes, aunque no necesariamente intactas.


La llegada a Samye puso el broche a la aventura. Después de varios días de aislamiento, el monasterio nos permitió conectar aquella experiencia física con la historia espiritual del país.


Fue una travesía exigente, emocionante y profundamente humana. Una de esas experiencias que explican por qué merece la pena viajar.


Una vez más: paren el mundo... ¡Que me subo!

11. Consejos para organizar el trekking en la actualidad


La travesía que describimos se realizó en 2011. Aunque el itinerario sigue apareciendo en la oferta de trekking del Tíbet, no conviene utilizar los precios, permisos ni condiciones de aquella época para preparar un viaje actual.


Distancia y duración


La ruta completa entre Ganden y Samye son unos 80km, en unos cuatro o cinco días de trekking. Nuestra experiencia fue de 50km al comenzar en la aldea de Hepu.


Antes de contratar la excursión, conviene confirmar los kilómetros reales, las etapas, los lugares de acampada y los pasos de montaña incluidos.


Altitud y aclimatación


La altura es el principal factor de dificultad. El itinerario atraviesa zonas por encima de los 4.000 metros y collados que superan los 5.000. Es fundamental disponer de tiempo para aclimatarse antes de empezar y no confiarse por encontrarse en buena forma física.


El mal de altura puede afectar incluso a personas entrenadas.


Ante síntomas importantes o progresivos, la prioridad debe ser detener el ascenso y buscar asistencia; el descenso puede resultar necesario. No debe darse por hecho que un remedio tradicional o un analgésico previene o trata adecuadamente el problema.


Permisos y organización


Los viajeros extranjeros deben comprobar los requisitos de entrada y circulación aplicables a su nacionalidad y al itinerario concreto.


La tramitación de los permisos para el Tíbet puede requerir una agencia autorizada y la organización previa del recorrido. Las normas pueden cambiar, por lo que es recomendable confirmarlas antes de reservar.


Equipo y campamento


La travesía se desarrolla en un entorno remoto y no debe plantearse como una ruta con alojamientos y servicios regulares. Es necesario prever tiendas adecuadas, saco de dormir para temperaturas bajas, ropa impermeable, protección solar, calzado de montaña, agua y alimentación suficientes, así como un plan de emergencia.


La lluvia, las tormentas y el frío pueden aparecer incluso en verano. También es importante valorar las condiciones del sendero y de los cruces de agua, que pueden variar según el tiempo.


Precios 


Las tarifas que aparecen en las notas originales —entradas, comidas, alojamiento y transporte— corresponden a 2011. Se conservan como parte del relato histórico, pero deben verificarse antes de viajar. Lo mismo sucede con los horarios, los accesos y las condiciones de visita de los monasterios.

10.Samye: el primer monasterio del Tíbet, entre montañas y leyendas


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